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Acto de imposición de las Medallas de Galicia 2011

Feijóo: 'Son los hombres y las mujeres los que desafían la cartografía para ampliar los límites de su comunidad con su comportamiento'

redacción GECG - 25/7/2011

Una de las definiciones más acomodadas de lo que es un país, la dio Edmund Burke. Consideraba el gran liberal británico que un país es una asociación entre los vivos, los muertos y los que todavía no han nacido.

Una comunidad, en efecto, es resultado de un largo proceso histórico en el que las generaciones presentes son sólo un eslabón de la cadena. Mediante la tradición, recogen el legado de los ancestros, y mediante la innovación les pasan el testimonio a los compatriotas del futuro.

Existe un tipo de peregrinación que se produce en el espacio, y otra que tiene sus etapas en el tiempo. Aquellos países donde la democracia arraiga, son precisamente los que tienen este sentido histórico de su existencia que les hace incorporar, con la misma energía, la permanencia y el cambio.

Los pueblos inspirados en esa idea, son árboles que crecen con raíces asentadas en la tierra, y con ramas abiertas a la luz. Esa firmeza nos hace fuertes en las etapas peregrinas que son más cómodas, pero también en los tramos accidentados donde los alientos nos abandonan.

Cuando hacía su definición, naturalmente el filósofo pensaba en la Inglaterra del siglo XVIII. Nosotros pensamos en la Galicia del siglo XXI.

Somos una democracia nueva, recién incorporada al aún selecto grupo de pueblos que disfrutan de una libertad sin ira. Los gallegos ya son lo que quieren ser, e incorporaron el espíritu democrático a sus señales de identidad.

Si esta transformación se hizo sin traumas, sin que fuera necesario pagar el alto precio humano que otros pueblos pagaron, se debe en gran medida a que todos supimos sentirnos parte de una larga andadura histórica. Una andadura que, ni empieza con nosotros, ni finalizará cuándo nosotros formemos parte del pasado.

Esa certeza nos compromete con todos los que nos precedieron, y con los gallegos del mañana. Tenemos el inexcusable deber de conservar lo que ellos nos dejaron, y dejar una Galicia que siga siendo un hogar confortable y fraterno.

Malamente cumpliríamos nuestra misión, si les legáramos a los gallegos del futuro un país desarraigado, o una sociedad con sus recursos agotados.

No podemos ser recordados como una generación egoísta, sino como los gallegos que supieron salvaguardar el bienestar y la convivencia en momentos de malestar.

Momentos de malestar que están llevando a ciertos sectores sociales, en especial juveniles, a cuestionar aspectos del funcionamiento democrático.

Aunque sé que actos como este son siempre propicios para alusiones históricas, entiendo que hoy es obligado cambiar levemente la perspectiva para referirnos a la galleguidad del mañana que muestra sus inquietudes. Galicia también es suya.

En la próxima etapa de este interminable Camino, estará en sus manos el timón del país. Por eso resulta inexcusable escucharles y tratar de dar respuesta a ciertas incertidumbres.

La democracia es una eterna tela de Penélope. Es una acertada apreciación que corresponde al académico Rodríguez Adrados, y que yo hago mía para insistir en el hecho esencial de que la democracia no aporta la solución definitiva a todos los problemas, sino soluciones parciales que hace falta renovar continuamente.

Algo que ya adelantaba nuestro poeta Xosé María Díaz Castro, cuando describía el recorrer de Galicia como un paso adelante y otro atrás y cuando detectaba que la esperanza estaba extendiéndose en los ojos del país.

Los políticos en democracia equivalen a la Penélope que describe Homero, siempre tejiendo y destejiendo. Por eso la democracia siempre parece estar en construcción. Pero también por eso, la democracia es el sistema que mejor resiste los embates de una realidad que no admite soluciones simplistas.

En nuestra corta e intensa experiencia democrática, los gallegos aprendemos ya esta lección. Problemas viejos y nuevos de nuestra convivencia se canalizaron gracias a un autogobierno que nos permite afrontarlos y resolverlos como país.

Si hubo quien pensó que la autonomía y sus instituciones eran simples adornos, meras concesiones a la historia, herramientas prescindibles, se equivocó. Sin democracia, sin autogobierno, Galicia estaría hoy inerme delante de los desafíos.

¿Pero puede perfeccionarse la democracia? ¿Puede mejorarse el autogobierno? Puede y debe.

Los cambios son inherentes a ellos. Sin una sana rebeldía que los impulse, el autogobierno y la democracia corren el riesgo de anquilosarse y perder su eficacia.

Anticipándose a lo que es la esencia de nuestro sistema de libertades, el filósofo Heráclito afirmaba que todo fluye. Ni el río donde nos bañamos es el mismo, ni la sociedad sobre la que actuamos permanece inmóvil.

Tampoco la democracia puede asistir pasiva a las transformaciones que se producen en su alrededor. De ahí que las demandas que llegan desde la sociedad no deban ser tratadas como amenazas, sino como estímulos.

El país como compendio de lo viejo y de lo nuevo, como un ser vivo que van haciendo generaciones sucesivas que se renuevan en el tiempo. La democracia como valor que mejora constantemente gracias a su capacidad de adaptación al pueblo que le da sentido.

He ahí las dos ideas que intenté expresar anteriormente. He ahí también pensamientos que se plasman en las personas e instituciones que hoy ayudan la prestigiar las Medallas de Galicia.

1971 y 1985 fueron dos fechas singulares en la historia reciente de nuestro país.

Gallegos como nosotros se proponen rescatar, estudiar y preservar una lengua que había permanecido viva en los labios de nuestra gente. Casi todo estaba en contra. La desconfianza oficial, el escepticismo oficioso, los recursos escasos. Serían demasiados obstáculos para quien no estuviera blindado con esa convicción de que somos peregrinos en el tiempo.

El Instituto de la Lengua Gallega nace con el objetivo de ser un hilo conductor entre el pasado y el futuro. Esa era la principal aspiración del primero Patronato que hoy representa aquí Xerardo Fernández Albor.

Se consigue, y hoy los nombres de su primer director, Constantino García, de su sucesor, Antón Santamarina, de Rosario Álvarez Blanco, actual directora, y de todos los que trabajaron en él, figuran en lugar prominente entre los hacedores del gallego moderno.

Entonces, son hoy piedra angular de los que contribuyen, con sensatez y rigor, a ampliar el conocimiento de lo que fuimos y somos, y a proyectarnos con decisión hacia el futuro.

Ellos hicieron realidad esa convicción de Ramón Piñeiro de que las letras son capaces de combatir las tinieblas.

Pocos años más tarde, y también bajo el patronato de la Universidad Compostelana, nacía el organismo precursor del actual Instituto de Ciencias Forenses Luis Concheiro.

Tampoco el profesor Concheiro ni ninguno de sus colaboradores, podrían imaginar que Galicia sería en el siglo XXI la gran potencia mundial de la genética clínica y forense.

Ni el más optimista de los profetas podía vaticinar entonces que el nombre del gallego Angel Carracedo sería mencionado con admiración, respeto y sana envidia profesional, en la comunidad científica internacional.

Gracias a él, el nombre de Galicia es sinónimo de audacia, de vanguardia y de excelencia más allá de nuestras fronteras. No es menor que una tierra como la nuestra, que vio emigrar a muchos de sus hijos, siga saliendo fuera en los tiempos de hoy, pero para exportar saber y conocimiento.

Su trabajo en el Instituto universitario y en la Fundación Pública Gallega de Medicina Genómica, dependiente del Servicio Gallego de Salud, tiene por eso un valor que trasciende las fronteras de las pesquisas genéticas.

Es un mensaje dirigido a los que piensan que un país pequeño solamente puede generar proyectos pequeños.

No es así cuando los promotores saben aprovechar la experiencia de los precursores y transmitirles la suya a los que cogen la estela. Cuando esa transmisión generacional funciona, el tesoro de una lengua se enriquece, y sus tareas científicas consiguen techos insospechados.

Señoras y señores. El tamaño de un país nada tiene que ver con su grandeza física. Son los hombres y las mujeres los que desafían la cartografía para ampliar los límites de su comunidad con su comportamiento.

Contamos con esas mujeres y esos hombres que ven en Galicia una tarea inacabable en la que hay que poner el mejor de cada uno. Lo vemos todos los días en hechos cotidianos y anónimos, y lo comprobamos hoy aquí con estos ejemplos magníficos de superación y esfuerzo mancomunado.

Seremos un país grande si, en momentos difíciles como este, nos sentimos parte de esa Tierra grandiosa que agrupa a los que fueron, los que son, y los que serán.

Cumpliremos con esa tarea si sabemos perfeccionar, adaptar y mejorar esta democracia y esta autonomía que nos permiten ser una voz potente entre los pueblos libres del mundo.

Como la que hoy alzamos desde esta Cidade da Cultura, iniciada por el Presidente Fraga y continuada por el Presidente Touriño, con un sentimiento que describió y que siempre ha puesto en práctica el Presidente Fraga: con un ferviente amor a Galicia.

Muchas gracias.

 
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