Se confiesa con una única pasión, la música. Para él, la única medicina que puede curarlo todo como si del bálsamo de Fierabrás se tratase. Con su instrumento musical, la gaita, reconoce que puede hacer reír, llorar, bailar… Es un desencadenante de emociones. Y, en su modestia se ve más como intérprete que como creador. Reconoce que la emoción ayuda al talento pero cree que este último le “escasea”.
Plácido Rozas López (Santiso, Lalín, Pontevedra, 1953), con 33 años de carrera profesional presume de que como maestro de gaita ha hecho arraigar muchas vocaciones con su docencia y que hoy en día sus alumnos perseveran en el oficio. Tanto es así que involucró a toda su familia que milita en una misma formación musical, Os Xuncos e Leda Mandeu. ¡Mira qué ya debe ser difícil compartir el arte con mujer e hijos! Pero, ¡qué no consigue la paciencia de este gaiteiro lalinense super conocido más allá de la comarca de Deza!
El Grupo ES. le entrevista en Agolada, a propósito de su intervención en el reportaje de la finca O Baladoiro. Tocado con un sombrero vaquero, con barba recortada y cana, y vestido de oscuro como si fuera pleno invierno, contesta con increíble sinceridad.
Único afán, tocar
Se autodefine como “un enamorado de la gaita. La única pasión con la que nací, tocar la gaita. Mi padre fue gaiteiro en Santiso de donde somos nativos. Lo más grande, lo más sagrado, para mí, es tocar la gaita y la música gallega”.
Transmitir Galicia a través de un sonido de una gaita, despertando otros sentidos, es algo “muy bonito, muy romántico”, explica este gaiteiro. “Ver los sentimientos que provocas en la gente con reacciones de echarse a llorar o a bailar, dependiendo del momento y de la trascendencia del acto, todo eso es una experiencia. Al tocar las piezas de memoria, incluso puedes observar los sentimientos que afloran en los que escuchan la música. Al ritmo de lo que interpretas, estás viendo su efecto físico y emocional en las personas. A la vez, disfrutas de lo que uno siente y de la sensación que despierta en los demás”.
Desde pequeño, empezó en Os Xuncos, lleva “tocando seguido”, es decir, prácticamente toda la vida. Son ya 33 años. Y no se plantea otra cosa que hacerlo “hasta el final” de sus días. De todos los momentos vividos con la gaita, el más conmovedor por el que pasó este experimentado músico fue el pasado mes de febrero, cuando tocó con dos de sus hijos y una nieta en el entierro “da miña nai”. Plácido se emociona visiblemente al recordar ese entrañable y reciente momento. La música que ofreció para ese momento fue la pieza Himno Antiguo Reino de Galicia. En aquel momento, se agolparon multitud de recuerdos en la memoria de Plácido. “¡En la casa de mi madre ensayamos tantos años y nunca le molestó lo más mínimo, nunca se quejó…!” , explica.
Uno de los encargos creativos –que no interpretativos- fue componer una pieza, la ‘muiñeira de Laxeiro’ para el pintor. El alcalde de Lalín le hizo el encargo de componerla para Xosé Otero Abeledo, ‘Laxeiro’. “Voy a intentarlo”, fue la modesta respuesta de Plácido. Se estrenó en la fiesta de la parroquia del alcalde, en Xaxán, un año después, 1995, con el grupo de gaitas 'Os Xuncos' e o grupo de baile 'Outras Herbas’. Laxeiro ya no pudo asistir “que estaba un poco enfermo”, recuerda el gaiteiro. Al año siguiente, 1996 murió ‘Laxeiro’. Y termina Plácido como buen gallego, trascendente, metafísico, que espera un más allá: “ya no la escuchó en vida”. La tocaría después en el entierro del artista el 21 de julio.
En su sincera humildad, Plácido Rozas en un principio pensó que el encargo del alcalde le excedía: “¡En qué problema me metió el alcalde que piensa que soy un genio. Lo pasé mal. No me creía con el talento, con la capacidad de crear…”.
Talento y sentimiento
Plácido ve normal su capacidad de interpretar porque “yo lo de la gaita…, nací con eso. Soy consciente que es la única pasión que he sentido en la vida. ¡La única!”. Y añade, en tono de confidencia: “Luego, el talento… creo que me escasea”. Cuando se le dice que los artistas necesitan más sentimiento que talento, Plácido responde restando importancia que “todo es necesario”.
Enseñar a tocar es una tarea que no es ajena a este gaiteiro. “No solo toqué sino que hasta ahora he enseñado a tocar”. En grupos escolares y en otros lugares es maestro de gaita. “Incluso formé grupos… y esos efectos curativos que tiene la música no los posee ninguna medicina en este mundo. La gente que yo le enseñé sigue toda tocando. Prendió en su corazón al música y siguen con esa ilusión”.
Todo lo que expresa lo tiene pensado y bien meditado. A parte de que le gustaría ser recordado como gaiteiro, Plácido Rozas López no ve como virtud tener la capacidad de hacer aflorar sentimientos entre su público. Para eso cita la sevillana del cantautor Rafael Romero Sanjuan: (…) Pasa la gloria (bis) nos ciega la soberbia pero un día pasa la gloria (…)
Pasa la vida - Romero Sanjuán
- Pasa la vida (bis) y no has notado que has vivido cuando pasa la vida, tus ilusiones y tus bellos sueños todo se olvida.
- Pasa el cariño (bis) juramos un amor eterno y luego pasa el cariño, y apenas comprendemos que hubo un tiempo que nos quisimos.
- Pasa la gloria (bis) nos ciega la soberbia pero un día pasa la gloria, y ves que de tu vida ya no queda ni la memoria.
- Pasan los años (bis) se va la juventud calladamente, pasan los años, pasa la vida con su triste carga de desengaño.
- ESTRIBILLO -
Pasa la vida igual que pasa la corriente del río cuando busca al mar y yo camino indiferente allí donde me quieran llevar.
Está claro que este gaiteiro acumula mucha vida interior que se desborda en sentimientos y emociones que trasmite ‘coa súa gaitiña’. Confiesa que el contenido de esa sevillana “lo tengo muy presente en mi mente”. Y revela abiertamente: “Yo lo que siento y necesito es tocar la gaita. Después, me da igual lo que piense la gente. Si no fuese así, no estaría tocando. Cuando yo empecé hace 33 años, tocar la gaita era un desprestigio total”.