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Homilía en la clausura del Año Santo compostelano

Julián Barrio: 'Este Año Santo ha contribuido a purificar la fe, revitalizar la religiosidad y renovar la vida cristiana'

redacción GECG - 31/12/2010
Julián Barrio:
El arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio, cierra la Puerta Santa. MIGUEL CASTAÑO.

“¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor, proclamaré su fidelidad a todas las edades!” Al clausurar este Año Santo Compostelano, no debemos callar cuando hemos visto la misericordia de Dios con nosotros, reconociendo que “el cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura”. Muchas han sido las personas, niños, jóvenes y adultos, que de la mano del Apóstol Santiago se han acercado al Señor para hablar con Él en la celda interior de su alma. Con ellas en una sola fe celebramos esta Eucaristía confiados en que este Año Santo ha contribuido a purificar la fe, revitalizar la religiosidad y renovar la vida cristiana. Aquí han llegado peregrinos de todo el mundo para confesar su fe en el Dios Trinitario. La Iglesia les ha acogido animándoles a ser testigos del amor de Dios en la familia, en la sociedad, en el mundo de la cultura y en la profesión laboral con un estilo de vida cristiana que brilla por la verdad que nos hace libres y la caridad que se manifiesta en la bondad. Este convencimiento nos lleva aproclamar la grandeza del Señor y alegrarnos en Dios nuestro Salvador, conscientes deque “el cristianismo es la religión que ha entrado en la historia”. Nos lo indicaba bellamente el peregrino por excelencia en este año, Su Santidad Benedicto XVI aldecirnos: “Somos, de alguna manera, abrazados por Dios, transformados por su amor.La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar asus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye laverdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad”.

¡A Ti, oh Dios, te alabamos! Cuántas personas han llegado con las partituras de sus vidas incompletas unas, con notas disonantes otras, pero después todas armoniosamente interpretadas en la clave de la gracia. La fidelidad y la misericordia de Dios han aparecido realizando la salvación de manera providencial en este Año de gracia. A pesar de nuestras infidelidades Dios guarda su Alianza eternamente, pues “lamirada de Dios no es como la mirada del hombre. El hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón” (1 Sam 16,7). En la cotidianidad de nuestra vida comprobamos que “nuestros únicos méritos son la misericordia del Señor. No seremos pobres en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia de Dios es mucha, muchos son también nuestros méritos” (San Bernardo de Claraval), pudiendo decir con San Agustín: “Tan grande es la condescendencia de Dios para con nosotros que ha querido que constituyan mérito nuestro incluso sus mismos dones”.

¡A Ti, Señor, te confesamos! “Tú, Cristo, eres el Rey de la gloria, el Hijo del Padre eterno, que para liberar al hombre aceptaste la condición humana y no te horrorizaste del seno de la Virgen María”. La Tumba del Apóstol, amigo y testigo del Señor, ha sido una luminosa referencia espiritual para tantos peregrinos. En la memoria de los orígenes apostólicos hemos evocado la realidad de la Iglesia que peregrina hacia la casa del Padre, sintiendo la necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo y afirmando que “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo que
transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene de someter a si todas las cosas” (Fil 3, 20-21).

¡A Ti, Señor, te damos gracias! La gratitud es finura espiritual y perfección en la caridad: “Vosotros como elegidos de Dios, santos y amados”, ¡sed agradecidos en todo!” (Col 3, 15). Damos gracias por haber llegado a esta meta, caminando “de comienzo en comienzo, por comienzos siempre nuevos”. Sedientos de Dios, necesitados de salud y consuelo, de fortaleza y de esperanza, de perdón y de salvación, en el acontecer de este año de gracia, hemos pedido insistentemente que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él. El hombre en Dios lo espera todo. “Solo la esperanza de la plena comunión de nuestra vida con la vida de Dios sacia el deseo de nuestra alma y nos hace libres” y “la vocación del ser humano a la esperanza no es absurda, sino razonable y realizable. Jesucristo resucitado es la razón de nuestra esperanza”. La Puerta Santa como símbolo se ha cerrado pero queda siempre abierta la Puerta que es Cristo, Camino, Verdad y Vida. Gracias, Señor, porque tu Luz nos ha hecho ver la Luz. Ahora como nos dice el Papa en su mensaje hemos de cumplir el encargo del Apóstol Pedro: “Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1Pe 3,15). ¡Vivamos en santidad y justicia todos los días de nuestra vida!

Ao dar grazas a Deus de quen procede todo ben, agradezo ao Santo Pai a súa presenza na cidade do Apóstolo e o seu alento no acontecer espiritual deste Ano Santo. O meu recoñecemento e agradecemento ao Cabido Metropolitano, aos confesores, ás relixiosas, aos organistas e á coral da Catedral, aos monagos, ás persoas empregadas e voluntarias, aos membros da orde de san Miguel, ás persoas de seguridade, aos membros das Forzas e Corpos de Seguridade do Estado, aos membros da Policía Local, aos medios de comunicación, ao persoal médico e sanitario, que contribuíron xenerosa e dispoñiblemente á organización e bo funcionamento da programación pastoral. Igualmente desexo manifestar a miña sinceira gratitude ás diferentes institucións, á Xunta de Galicia, ao Delegado do Goberno, e ao Concello de Santiago polas axudas e servizos prestados para unha boa acollida dos peregrinos. Comezabamos o Ano Santo poñéndoo baixo o amparo da Virxe Peregrina, clausurámolo invocándoa coma esperanza nosa. Por ela Deus saíu ao noso encontro, acompañándonos coma un peregrino máis nesta azarosa peregrinación polos camiños da historia. Pola súa maternidade física de Xesucristo converteuse na Nai amorosa de todos os homes. Como non te imos proclamar todas as xeracións a máis benaventurada de todas as criaturas? Poñernos baixo a protección da súa maternidade significa implorar da unha comprensión continua para un constante seguimento de Xesús.

Neste atardecer proclamamos tamén con todos os peregrinos: “¡Oh, que benaventurados son todos os que teñen ante Deus tal intercesor e valedor. Non hai ninguén que poida narrar os beneficios que o Santo Apóstolo concede aos que lle piden de todo corazón. Velaí que a santa Cidade de Compostela veu a ser, pola intercesión do Santo Apóstolo, a salvación dos fieis, a fortaleza dos que a ela veñen”. “Que o Señor vos bendiga e vos garde, que faga brillar o seu rostro sobre vosoutros, e vos conceda a súa gracia; que o Señor volva os seus ollos cara vós e vos dea a súa paz”. Amén.

(Texto íntegro de la homilia del arzobispo Julián Barrio)

Mensaje del Papa

A Mons. Julián Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela

1. Con ocasión de la solemne clausura del Año Santo Compostelano de 2010, vuelvo a pensar con emoción en la Casa del Señor Santiago, que visité recientemente con hondo gozo interior. Deseo unirme a la acción de gracias a Dios por los dones que su bondad ha derramado en estos meses en la multitud de personas que han peregrinado a ese lugar santo con fe viva, renovando la firme adhesión al mensaje transmitido por los Apóstoles y viviendo con espíritu de conversión el encuentro con la misericordia y el amor de Jesucristo. Al saludar con afecto a los Pastores, religiosos, seminaristas y fieles congregados en esa circunstancia, evocando los inolvidables momentos que vivimos junto a la Tumba del Apóstol protomártir, quisiera dirigirles una palabra de aliento, para que los frutos de vida cristiana y de renovación eclesial cosechados copiosamente en el Año Santo impulsen a los que han llegado hasta Santiago de Compostela a ser testigos de Cristo Resucitado.

2. En efecto, en el camino, compartieron preocupaciones, esperanzas y desafíos con los hermanos que encontraron a su lado, buscando escuchar al Dios que nos habla y habita en nuestro interior para salir de sí mismos y abrirse a los demás. Al llegar al Pórtico de la Gloria, los esperaba la majestad amorosa y acogedora de Cristo, a cuya luz el hombre puede hallar el auténtico sentido de su existencia y sendas para una convivencia pacífica y constructiva entre los pueblos. Bajo la mirada serena del Apóstol, renovaron su profesión de fe, entonaron su alabanza e hicieron humilde confesión de sus pecados. A la profesión de fe siguió la recepción del perdón en el sacramento de la Penitencia y el encuentro con el Señor en la Eucaristía.

3. Dicho encuentro no puede dejarlos indiferentes. Los peregrinos han de volver a sus casas como regresaron a Jerusalén los discípulos de Emaús, que conversaron con Jesús por el camino y le reconocieron al partir el pan. Gozosos y agradecidos fueron a la ciudad Santa a comunicar a todos que había resucitado y se les había aparecido vivo. Se convirtieron así en mensajeros alegres y confiados del Cristo viviente, que es bálsamo para nuestras penas y fundamento de nuestra esperanza (cf. Lc 24, 13-35). También ahora, al dejar Compostela tras haber experimentado el amor del Señor que nos ha salido al encuentro, se hará sentir el anhelo de cumplir el encargo del Apóstol Pedro: “Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1P 3, 15). Ello requiere el propósito de fortalecer cada día más nuestra fe, participando asiduamente en los misterios de gracia confiados a la Iglesia y dando ejemplo eficaz y concreto de caridad. No seremos testigos creíbles de Dios si no somos fieles colaboradores y servidores de los hombres. Este servicio a una comprensión profunda y a una defensa valerosa del hombre es una exigencia del Evangelio y una aportación esencial a la sociedad de nuestra condición cristiana.

4. Con estos sentimientos, quisiera ahora dirigirme en particular a los jóvenes, con quienes tendré la dicha de reunirme el año próximo en Madrid, para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud. Los invito a dejarse interpelar por Cristo, entablando con él un diálogo franco y pausado y preguntándose también: ¿Contará el Señor conmigo para ser su apóstol en el mundo, para ser mensajero de su amor? Que no falte la generosidad en la respuesta, ni tampoco aquel arrojo que llevó a Santiago a seguir al Maestro sin ahorrar sacrificios. Asimismo, animo a los seminaristas a que se identifiquen cada más con Jesús, que los llama a trabajar en su viña (cf. Mt 20, 3-4). La vocación al sacerdocio es un admirable don del que se ha de estar orgulloso, porque el mundo necesita de personas dedicadas por completo a hacer presente a Jesucristo, configurando toda su vida y su quehacer con Él, repitiendo diariamente con humildad sus palabras y sus gestos, para ser transparencia suya en medio de la grey que les ha sido encomendada. Aquí está la fatiga y también la gloria de los presbíteros, a quienes quisiera recordar con San Pablo, que nada ni nadie en este mundo podrá arrancarlos del amor de Dios manifestado en Cristo (cf Rm 8,39).

5. Conservando en mi alma el recuerdo de mi grata estancia en Compostela, pido al Señor que el perdón y la aspiración a la santidad que han germinado en este Año Santo Compostelano ayuden a hacer más presente, bajo la guía de Santiago, la Palabra redentora de Jesucristo en esa Iglesia particular y en todos los pueblos de España, y que su luz se perciba igualmente en Europa, como una invitación incesante a vigorizar sus raíces cristianas y así potenciar su compromiso por la solidaridad y la firme defensa de la dignidad del hombre.

6. A la amorosa protección de la Santísima Virgen María, a cuyo corazón de Madre confió el Apóstol Santiago sus penas y alegrías, según venerable tradición, encomiendo a todos los hijos e hijas de esas nobles tierras y les imparto la Bendición Apostólica, signo de consuelo y de constante asistencia divina.


Vaticano, 18 de diciembre de 2010


Benedicto XVI

 
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