I Encuentro de comuncadores católicos de Galicia
Julian Barrio: 'Podemos seguir ofreciendo luz de civilización y estímulo de progreso para el mundo'
redacción GECG - 11/7/2010
I ENCUENTRO de COMUNICADORES CATÓLICOS de GALICIA
Santiago de Compostela, 9 de julio de 2010
(intervención íntegra del Azobispo)
Reciban mi cordial saludo, lleno de una gran estima a todos Vds., jornaleros de la construcción de una nueva civilización. Les agradezco mucho su disponibilidad para venir a este encuentro y seguir haciendo noticia lo que ya es acontecimiento. La crónica de gracia que vivimos en el acontecer de cada día en este Año Santo, está teniendo una expresión religiosa profunda más allá de connotaciones culturales, lúdicas, folclóricas o turísticas. “Todo es gracia”, escribía Bernanos, y este convencimiento nos motiva a regenerar espiritual y moralmente nuestra sociedad.
En el Areópago de Europa, de España y de Galicia hemos de seguir escuchando aquellas palabras del Papa Juan Pablo II en la Catedral de Santiago en las que nos invitaba a encontrarnos con nosotros mismos, a avivar las raíces cristianas, a descubrir nuestros orígenes, y a revivir los valores auténticos que hicieron gloriosa nuestra historia. Podemos seguir ofreciendo luz de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Para lograr este objetivo, se necesitan la información y la comunicación, un servicio de incalculable transcendencia, transmitiendo a la humanidad los valores que han de construir un mundo donde brille la verdad y la moralidad.
Nos damos cuenta de que estamos viviendo una decadencia social y moral, motivada por lo que podríamos denominar racionalización de los errores. Todos cometemos errores, que en la perspectiva teológica, denominamos pecados, pero mientras nos dejamos influir por la gracia de Dios, la fragilidad humana no es decadencia. Ésta comienza a ser una realidad cuando queremos legitimar los errores. Por ello es necesaria una conversión moral e intelectual, poniendo en el centro de la actuación del hombre la voluntad de Dios y deslegitimando los errores.
Admiro mucho vuestro trabajo que ha de ser un servicio a la causa integral del hombre. Una labor profesional, la de Vds., que exige responsabilidad y amor a la verdad. “Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es la lucha por dar con la verdad, la decisión de proponer la verdad, la praxis de no manipular la verdad, la actitud de ser incorruptibles ante la verdad”. Hace unos días leía una pasaje de Cherteston que dice: “Al hombre de cada siglo le salva un grupo de hombres que se oponen a sus gustos”, y me acordaba también de Vds., sobre todo en este momento en que nuestra sociedad se encuentra como mediatizada por el slogan: “Acatad la moda o abandonad el mundo”, y en que “desgraciadamente la opinión tiene más fuerza que la verdad”. Esto s iempre ha sido un riesgo pero hoy más que nunca se hace una realidad dramática. Hay un párrafo en la obra de Urs von Baltasar que me parece digno de considerarse: “A medida que progresa la organización técnica del mundo moderno, la verdad va cayendo cada vez más infaliblemente en el terreno de la organización, de sus medios, y de sus métodos y, por lo mismo, el conformismo se convierte en regla universal tanto para los cristianos como para los demás. Y así vemos cómo va desapareciendo, a ritmo acelerado, la raza de los espíritus libres que constituían hace sólo dos siglos el fenómeno normal de la personalidad cristiana”.
“La independencia es una isla rocosa sin playas”. Vds. están llamados a ayudar a nuestra sociedad a no confundir el diagnóstico con el tratamiento de las distintas realidades que nos tocan vivir. Los instrumentos de comunicación social han de propiciar el descubrimiento y la conquista de la verdad, y el desarrollo y progreso humanos. “Hay quien piensa que lo que no recogen y divulgan los periódicos, la radio y la televisión, no es importante. Por ello, es indispensable que la Iglesia no solo trabaje para lograr el reconocimiento de los sólidos valores morales y espirituales, sino que ella misma debe proclamar el Evangelio directamente a través de los modernos medios de comunicación”.
La Iglesia no puede dejar de proclamar y compartir a través de los medios de comunicación el mensaje inapreciable del Evangelio. Hemos de proclamar nuestras creencias “a la luz del día” y “desde los tejados”(Mt 10,27; Lc 12,3), sin imposiciones pero sin miedo, adaptando el mensaje divino “a las formas de expresión de las personas y sus modelos de pensamiento” y respetando siempre sus creencias y convicciones, como esperamos que ellos respeten las nuestras. Realmente desde Gutenberg hasta Internet, todos los avances o, mejor, prodigios técnicos, que ha registrado la historia en la grabación y difusión de palabras y de imágenes, han supuesto otros tantos desafíos para la misión evangelizadora de la Iglesia que “se sentiría culpable ante Dios y ante los hombres, si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más” (EN 45) y que los considera como el areópago de la Comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola como suele decirse en una aldea global” (RM 37c). Hoy el mundo es con frecuencia una inmensa audiencia y un único público, unido en torno a los mismos acontecimientos culturales, deportivos, políticos y religiosos.
Todos los medios de comunicación que realmente reflejen la realidad de las cosas han de presentar a la atención del mundo la vida individual y comunitaria de los cristianos que dan testimonio de las creencias y valores que profesan. Informar y comunicar: En el primer caso se trata de transmitir unos datos objetivos y neutrales; en el segundo, se produce una propuesta de valores. Todo hombre lleva consigo o dentro de si mismo un bagaje de verdades, de ideales y de normas éticas que continuamente evalúa, profundiza y reformula en su confrontación con la realidad. El acercamiento a la realidad nunca es rigurosamente neutral. No parece realista la tesis de quienes afirman que los que informan deben actuar como simples espejos de la sociedad. El cristiano sabe que no puede ignorar nunca la propia conciencia en todos los actos que realiza y que lo ponen en relación con los otros hombres aunque esto no excluya el respeto a la objetividad.
Obviamente los medios para transmitir de forma inteligible el mensaje requieren aptitudes esenciales y una capacitación apropiada, preparación y entrenamiento específicos por parte de quienes los usan en esta llamada Sociedad de la Comunicación. Les animo a que en esta inquietud sean portadores de la verdad, de la bondad y de la belleza que son siempre generadoras de esperanza.
Los medios deberían hacernos ver sin dolorismos las caras heridas y humilladas de la Humanidad. “Un periodista cristiano no puede olvidar que debe poner ante nuestros ojos lo que la Humanidad tiende a ocultarse, sus propias heridas, las torturas que ella inflinge a sus miembros más débiles e indefensos” (Valadier). Es cierto que pensamos pero siempre a partir del sitio donde tenemos los pies. ¿Dónde pisamos? En la sobreabundancia de noticias, en el pastoreo hacia el pensamiento único y en la percepción de que todo da lo mismo.
Ante la realidad podemos ofrecer tres interpretaciones. La primera es la interpretación estético-informativa; la segunda es la interpretación religiosocontemplativa y la tercera la ético-existencial. Para el objetivo que buscamos en la reflexión de esta tarde, subrayaría la necesidad de la segunda, sin excluir las otras dos.
Escribe el Prof. O. González de Cardedal en su artículo: “Unas pocas palabras verdaderas”, publicado en ABC. 3 de abril de 2008 que “la perversión suprema del lenguaje ha tenido lugar cuando hemos elevado la demostración a norma de todo hablar. Rigor, exactitud, referencia a hechos demostrables han sido constituidos en canon de la comunicación humana. Se ha juzgado la palabra dedicada a la persona, a las realidades espirituales, a Dios y al futuro, de acuerdo con ese canon, válido sólo para las cosas. ¡Y desde ahí se ha concluido que nada seguro podemos decir del hombre, de Dios, del futuro, de lo que de verdad nos importa, cuando lo que nos importa no es demostrable y lo que es demostrable no nos importa! Bendecir, celebrar, lamentar, arrepentirse, consolar, perdonar, elevar los brazos en súplica, ejercer ciertas virtudes, son hendiduras por las que se pueden inserir la luz y presencia de Dios en el mundo. Esas pocas palabras verdaderas arrastran más caudales de agua viva que muchas otras, encenagadas y deshuesadas, de un vocabulario trivializador”.
“Los humanos no nos sentimos consolados o fortalecidos por las demostraciones, que generan sólo claridad y no fortaleza de alma. Nos ayuda más la exhortación que la demostración, la esperanza que la evidencia; las palabras que nos abren un futuro con anchura de horizontes más que las que nos muestran lo evidente. Una de las razones de la crisis social es la ruptura de la confianza personal, suplantada por el discurso demostrativo, como si éste fuera el único método racional y moderno. Y al no ser él posible en la mayoría de las relaciones humanas, se engendran entonces una soledad profunda, rechazo y resentimiento. Nacen entonces las dudas respecto de la propia vida personal, de la credibilidad de los otros y de la existencia de Dios, ninguno de los cuales es accesible al argumento subyugador”. A este respecto es interesante lo que escribe Dostoyevski sobre la situación respecto de la fe en Dios y de las dudas que surgen sobre su existencia: «Sin duda es horrible. Pero en esta cuestión no es posible demostrar nada; sin embargo es posible convencerse. ¿Cómo? ¿Con qué? Con la experiencia del amor activo. Esfuércese por amar al prójimo de manera activa y sin cesar. Y a medida que avance en el amor, se irá convenciendo de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. Si además llega a la abnegación completa en el amor al prójimo, entonces ya creerá Vd., , sin disputa alguna y no habrá duda que pueda siquiera deslizársele en el alma. Esto está probado. Esto es exacto» (Los hermanos Karamázov I, 2, 4). Lo que se dice de Dios es igualmente válido para todo lo relativo a la vida personal. Sólo quien ejercita la libertad llega a un real convencimiento de ella; sólo quien asume el riesgo de vivir realizando un proyecto descubre la grandeza de la vida; sólo quien sirve incondicionalmente al prójimo descubre la fecundidad personal del amor gratuito.
“¿Qué engrandece y que amenaza la vida personal? se pregunta González de Cardedal. Responde que la amenaza el anonimato, la trivialización del mal, la reducción técnica y publicitaria del lenguaje, el tópico repetido hasta la saturación, la uniformación expresiva, el olvido de los mundos lejanos a nuestra percepción inmediata con las correspondientes palabras que los nombran, el silencio sobre realidades sagradas inaccesibles por métodos cuantitativos. Si la primera desnaturalización que sufre el hombre es la de la palabra, la primera redención que tiene que llevar a cabo es la de las palabras. Que los hombres buenos, los artesanos, los poetas, los santos, nos recreen esas palabras verdaderas y necesarias, que agradecía Machado, con las que decimos el mundo, a nosotros mismos y decimos a Dios. Con su luz y lumbre reganamos el gozo de vivir y la dignidad de ser hombres”.
“Al principio era la Palabra y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,1). Fue el proceder de Dios para realizar una intercomunicación humana, realidad constitutiva de la persona. Comunicación plenamente Humanizadora. Pero a veces nosotros a través de nuestros medios de comunicación nos situamos en niveles deshumanizantes y esto acontece cuando nos dirigimos al otro como algo que utilizo, domino o investigo; me muevo en el campo del contrato, del cálculo o de la competencia: en todo caso en un horizonte deshumanizador.
+Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela